miércoles, 23 de mayo de 2018

EL ESCRITOR DEL DESEO



En homenaje al gran Philip Roth, fallecido ayer, publico de nuevo este post sobre “El profesor del deseo” que escribí en 2008. Todo lo que digo en él me sigue pareciendo válido hoy y el título original de la reseña (“Lecciones de placer”) define para mí a la perfección la experiencia de lectura de las obras maestras y la filosofía vital del maestro americano[1].

Hemos tenido que esperar más de treinta años y, sobre todo, hemos tenido que esperar a que Isabel Coixet dirigiera una versión emasculada y sentimental de "El animal moribundo" para recuperar la segunda parte de la trilogía que Roth había consagrado a David Kepesh, el “profesor del deseo”. Conviene recordar que el nacimiento literario de Kepesh es uno de los más extraños no sólo de la obra de Roth sino de la literatura moderna. Hasta que Roth decidió conferirle una autobiografía “convencional” con esta segunda novela (completada después con "El animal moribundo"), Kepesh era sólo el desconcertado protagonista de la novela corta "El pecho", donde se transformaba en su objeto de deseo preferido, un enorme pecho femenino. Lo que podría parecer un chiste propio del primer Woody Allen (quien, como es sabido, debe mucho a Roth) y una reelaboración edípica de "La metamorfosis" de Kafka, se transmuta al leer "El profesor del deseo" en una metáfora grotesca del malestar íntimo que afecta a Kepesh al final de esta novela.
Entonces, ¿quién es este David Kepesh de vida tan anómala? Si en "El animal moribundo" nos reencontrábamos con un sexagenario de pensamiento y actitudes libertinas, un adulto que ha redescubierto, frente al desafío de la muerte, las puertas mentales y físicas del placer, esas mismas que cuando era joven no supo abrir del todo por indecisión o temor; en "El profesor del deseo" el lector asistirá a la genealogía moral de este singular personaje escenificada como debate constante entre la pulsión libidinal y su medroso apego a un orden de vivir que podría ser una forma de sabiduría si no implicara también tantas renuncias, frustraciones y sacrificios.
En este sentido, esta bella novela de Roth no es sólo un apasionante relato de formación o deformación del carácter masculino sino una parábola filosófica sobre la trascendencia del deseo erótico en la constitución de la subjetividad. Roth ha expresado esta idea fundamental a través de otros personajes (Nathan Zuckerman, su alter ego de tantas novelas, o Mickey Sabbath, el rabelesiano antihéroe libidinal de "El teatro de Sabbath", una de las obras maestras del arte erótico de todos los tiempos), pero quizá no de un modo tan lúcido e intenso como aquí. En suma, Kepesh, mostrando su afinidad con el seductor de Kierkegaard, encarnaría la convicción estética de que el deseo y el placer, como consumación de ese vibrante vínculo de atracción con el otro, son el instrumento idóneo para construir una identidad plena en relación satisfactoria con el mundo. Y el placer, ese factor de gratificación inmediata, es sólo la secuela tangible de que el “yo” ha sabido definir frente al “nosotros” una diferencia significativa, que, sin embargo, no se traduce en indiferencia o apatía.
Es muy hermosa, por esto, la paradoja irónica de concluir la narración con la parálisis vital de Kepesh, unido ahora a Claire, la joven maternal de grandes pechos y belleza apolínea que va a procurarle toda la serenidad y la dicha carnal de que es capaz, anulando otro aspecto decisivo del deseo: su poder radical para trastornar la estabilidad afectiva y sexual, como hacía la fascinante Helen, su primera mujer. Pero aún más hermosa es la idea paralela de que la literatura, como gran discurso del deseo reprimido y la transgresión, ayude finalmente a Kepesh a desenredar el bucle moral que lo atenaza (con el sueño desternillante de la prostituta que conoció a Kafka como detonante psíquico). Me refiero, en especial, a ese curso de narrativa comparada que Kepesh prepara “en torno al tema del deseo erótico” (“esas inquietantes novelas que tratan la más inicua y lasciva sexualidad” o de “pasiones ilícitas e ingobernables”) y que lo convertirá en el “profesor del deseo”.
El “profesor del deseo”, al contrario que sus anodinos colegas de profesión, es el que ha aprendido a enseñar, en conexión con la desvergonzada impureza de la vida, lo que hay en la literatura de menos inofensivo, de más escandaloso y audaz. Del mismo modo que Kepesh acaba siendo ese profesor vocacional, Roth es el escritor del deseo, como John Hawkes y Milan Kundera, maestros en el arte de la lucidez sexual. Lo sabíamos ya desde "La contravida", esa suprema ficción sobre el poder liberador de la ficción, sobre la realidad de la fantasía y las fantasías de la realidad. Y lo confirma esta brillante novela, una provocativa lección sobre las relaciones entre vida y literatura, placer e inteligencia, hedonismo y cultura, digna de figurar en el voluptuoso canon de Kepesh.


[1] Mis novelas favoritas de Roth, sin discusión: La mancha humana, La contravida, El teatro de Sabbath, La conjura contra América, El profesor del deseo y quizá, con muchos matices, Operación Shylock. En cualquier caso, como se comprenderá, Roth es uno de los novelistas del siglo XX para los que el sexo y el erotismo, como se prefiera, dista de ser un tema gratuito o intrascendente y se convierte en todas sus grandes novelas en una categoría fundamental de la vida psíquica de sus personajes y una dimensión determinante de sus tramas narrativas. Lo que lo hace para mí un novelista aún más admirable, por su rechazo al fariseísmo y a toda clase de puritanismo, tan propios del estamento literario, académico y cultural. Solo por esto le negaron el más que merecido Premio Nobel durante decenios…

lunes, 21 de mayo de 2018

EXTRAÑA LITERATURA


[Jeff VanderMeer, Borne, Colmena Ediciones, trad.: Jaime Valera Martínez, 2017, págs. 404]

Cada vez con mayor frecuencia nos vemos obligados a creer en los autores de ciencia ficción.

-Stanislaw Lem, Vacío perfecto-


Ya es hora de que la literatura abandone los viejos motivos y comience a abordar las cuestiones que de verdad importan de cara al futuro. La historia ha sido peinada y repeinada en todas direcciones y apenas si guarda algún misterio trascendental que nos interese averiguar. La psicología del alma humana nos resulta tan conocida que apenas si un novelista podría sorprendernos hoy escribiendo sobre su engañosa profundidad. Por ello, la ficción extraña tiene la virtud de someter a revisión creativa los símbolos de la cultura pasándolos por el tamiz de la ciencia y el filtro de la imaginación y la fantasía.
En la trilogía “Southern Reach”, VanderMeer mostraba una zona catastrófica del mundo que había sido restituida a la pureza inhumana de los procesos naturales por una intervención alienígena y explotada por una agencia capitalista llamada, con ironía trágica, Aniquilación. Llevando hasta las últimas consecuencias lo que esa asociación perversa entre capitalismo y destrucción significa para la vida planetaria, en la trama de “Borne” una misteriosa corporación (la Compañía) ha devastado la ciudad donde se instaló, exhibiendo la actitud arrogante del doctor Frankenstein, para realizar experimentos dañinos con animales modificados por la tecnología. Entre las múltiples criaturas generadas por la Compañía se encuentra un oso volador gigantesco llamado Mord: una mole de pelos, colmillos y garras que controla el territorio con su poder sanguinario y es reverenciado como un dios por las inefables criaturas que pisan el suelo desertizado de la ciudad. Para añadir más violencia al ecosistema, en las ruinas urbanas impera una reina monstruosa llamada la Maga, que aspira a poseer los poderes secretos de la Compañía y se rodea de un peligroso ejército de niños mutantes para imponer su dominio.
En ese mundo postapocalíptico sobrevive Rachel, la joven narradora, rastreando los escombros y recolectando residuos, en compañía de su amante Wick, un ex ingeniero de la Compañía que también sobrevive a su aciaga desaparición recombinando especies en un laboratorio inmundo. Hasta que un día aparece en sus vidas un ser insólito, híbrido de anémona de mar y calamar, al que llaman Borne. Esta criatura proteica, con sus inquietantes mimetismos y transformaciones, es un personaje de fascinante evolución. Al final del relato acaba convertido en un monstruo devorador y asesino que, sin embargo, logra frenar al desaprensivo Mord y devolver un atisbo de esperanza a un mundo desolado.
Como Aniquilación, esta inventiva novela de VanderMeer se ubica bajo el signo estético de la metamorfosis, de sensibilidad ovidiana y kafkiana al mismo tiempo. De ese modo, “Borne” se entiende como una exploración hasta los límites de lo insospechado de las mutaciones radicales de la vida tanto como una descripción de la pesadilla tecnológica y económica que determina tales alteraciones de la realidad, originando una realidad alternativa, una realidad donde la biología se funde con la tecnología para producir espantosas formas de vida artificial. El mayor acierto de la esmerada prosa de VanderMeer reside, precisamente, en conferir consistencia lingüística a esa fauna innombrable y transmitir vivacidad a las imágenes fantásticas de ese mundo distópico.
Moviéndose entre la ciencia-ficción, la mitología y el videojuego, según ciertos críticos, o entre el reino de la fantasía, la fábula y el cuento de hadas, según otros, lo cierto es que el mundo caótico donde transcurre “Borne” es de una asombrosa originalidad, pese a las abundantes referencias literarias con que VanderMeer construye su intrigante artefacto novelesco. Como muestra “Borne”, la ficción extraña pretende situar a la literatura a la altura de los miedos y especulaciones que el siglo XXI plantea ya a sus lectores.

miércoles, 16 de mayo de 2018

MÁS DEMOCRACIA


[Noam Chomsky, Réquiem por el sueño americano, Sexto-Piso, trad.: Magdalena Palmer, 2017, págs. 160]


En principio, esto no fue un libro. En principio Chomsky concibió un texto que serviría de guión en un documental cinematográfico pensado para alertar sobre el mal que está destruyendo tanto la realidad americana como el mismo ideal que le dio origen y fundamento. Ese ideal, como han creído millones de inmigrantes a lo largo de la historia, estaba basado en la prosperidad económica y la increíble libertad de un país como Estados Unidos.
Y ese ideal, como analiza Chomsky, hace tiempo que naufraga con estrépito. La bancarrota del sueño americano estaba inscrita desde su nacimiento en el genoma nacional por un ideario mercantil y comercial que no solo ha consumido sus recursos sino que ha comenzado a devorarse a sí mismo y se encamina ya hacia su autodestrucción. Estados Unidos es un país donde los mismos poderes (la banca y las corporaciones) que hundieron la economía en nombre del neoliberalismo mantienen sus privilegios y aumentan sus beneficios, donde una mafia política de profesionales del derecho y las finanzas somete la maquinaria estatal a sus intereses, con la ayuda del ejército y la policía, o donde cualquier ciudadano, sobre todo si pertenece a alguna minoría racial, puede perder en cuestión de horas sus derechos civiles.
Tras la elección de Trump todo esto se agrava y un intelectual y activista de la talla de Chomsky ha necesitado realizar una suerte de examen de conciencia que le permita poner en limpio sus ideas de regeneración política y afrontar, con un instructivo soporte de documentos, los vicios sistémicos que aquejan a la sociedad americana actual. Chomsky aborda aquí, como aclara el subtítulo del libro, los “diez principios de la concentración de la riqueza y el poder”.

Esta idea nociva que aglutina sus reflexiones afecta tanto al funcionamiento de la democracia como al control de la economía, la solidaridad inexistente y la fiscalidad cargante, la perniciosa fabricación del consenso, el desempleo rampante, la degradación educativa y el desprestigio de lo público, la ecología del desastre, el hundimiento de la clase media y el dominio de una clase privilegiada, esa élite económica que controla al gobierno federal y le impone políticas y políticos. En su diagnóstico radical, Chomsky no olvida tampoco que en Estados Unidos es donde con más pureza se han comprobado los perjuicios reales de lo que Walter Benjamin denominaba la “religión del capitalismo”, un sistema basado en la perpetuación de la culpa individual.
Si hacemos una lectura optimista, como la que intenta Chomsky pese a todo, cabe creer que ampliando los mecanismos y virtudes del sistema democrático es posible volver al buen camino y reencontrarse con la riqueza indeleble del sueño americano. Con una visión más pesimista, sin embargo, se puede acabar pensando en cuánto tardará en aplicarse ese modelo de gestión a territorios como Europa donde son muchos los que han convertido al decadente imperio americano en el mito ideológico que alimenta sus fantasías conservadoras.
En tal contexto crítico, la lectura de este libro informado y lúcido resulta imprescindible para entender por qué los agentes que toman decisiones, aquí como allí, solo buscan preservar el sistema económico de la amenaza del colapso, destruyendo el sector público y favoreciendo a los bancos y corporaciones financieras causantes de la crisis más grave de la historia moderna.
De ese modo, las polémicas lecciones de Chomsky sobre la América regresiva de Trump trascienden los límites nacionales y nos enfrentan a los infundios de un sistema de organización de la realidad interesado en convencernos de que la única elección posible es entre el capitalismo neoliberal o la catástrofe planetaria.

lunes, 14 de mayo de 2018

FICCIONES DEL TIEMPO



[Jacques Rancière, Tiempos modernos (Ensayos sobre la temporalidad en el arte y la política), Shangrila Textos, trad.: Mariel Manrique, 2018, págs. 117]

Pienso que hoy sería útil volver a pensar en este juego de a tres entre las narrativas de los procesos globales, la temporalidad de los momentos de emancipación y el tiempo de la ficción literaria, a fin de salir de la gran narrativa de la necesidad presente en esas dos versiones de la administración de lo único posible o la catástrofe final.

-Jacques Rancière, Tiempos modernos, p. 29-

         No puede desconectarse este libro de la lectura de “Aisthesis”, la gran obra de Rancière, publicada también por Shangrila, donde el filósofo francés procedía a evocar una suerte de arqueología artística de la modernidad. El concepto de modernidad en Rancière aparece totalmente desvinculado de la estética modernista más dogmática o puritana. De hecho, su proyecto de definición de un “régimen estético del arte”, surgido en el siglo XVIII y aún vigente, constituye una tentativa de impedir tal confusión y establecer una forma de comprensión unitaria del tiempo moderno y el modernismo histórico como “arte nuevo en sincronía con todas las vibraciones de la vida universal”.
La reivindicación estética emprendida por Rancière sostiene que el arte se relaciona con la tarea improductiva de la contemplación y el desarrollo de las facultades sensoriales menos valoradas en el mundo utilitario capitalista. La paradoja conceptual de Rancière define el “régimen estético del arte”, por tanto, como dominio exclusivo donde el arte puede llegar a ser reconocido como tal al tiempo que se presenta como “cosa distinta” del arte, más allá o acá de la idea establecida de lo bello. Esto parecería un subterfugio intelectual para reinscribir en la estética una cierta influencia de la historia, el compromiso y la sociología, pero no es así. En realidad, la acertada estrategia de Rancière solo pretende sortear los escollos ideológicos que se interponen entre el arte y el pensamiento con el fin de restituir al primero la fuerza de transformación de la sensibilidad y la inteligencia que incorpora como promesa a menudo incumplida.
“Tiempos modernos”, precisamente, viene a explicar los fundamentos de esa comprensión para inscribir la temporalidad del arte y la política en lo que él mismo ha llamado la “distribución de lo sensible” que caracteriza el mundo común de la vida moderna.  Este instructivo libro se unifica bajo la advocación de una célebre película de Chaplin, que ya en “Aisthesis” daba lugar a una reflexión crítica sobre la ambigüedad del cine respecto de la tecnología que lo producía. Y sus cuatro capítulos se centran en paradigmas de esa expresión moderna en el cine, la danza y la literatura, con la pretensión de formular analogías con la política que iluminen el decurso del último siglo desde un punto de vista que invierta la perspectiva de historiadores y sociólogos, dando primacía a las formas artísticas en la representación de las revolucionarias mutaciones de la sensibilidad.
Si el cine ocupa un lugar de privilegio en el pensamiento de Rancière es porque el filósofo ve en él, desde sus orígenes, el lugar efectivo de una “democratización de las emociones” y una apertura intempestiva a las posibilidades de la vida, con ejemplos como Dziga Vertov y su revolucionaria experiencia del tiempo moderno fragmentado y ensamblado por el montaje (El hombre de la cámara) y los relatos de lucha de clases de John Ford (Las uvas de la ira) o Pedro Costa (En el cuarto de Vanda, Juventud en marcha, etc.) para demostrarlo. La estética de Rancière propugna un arte abierto a “una interrogación radical acerca de la temporalidad, hoy en día, de la política en sí misma”. (Una interrogación de signo anti-aristotélico, por cierto, que en su último libro, Les Bords de la fiction, aún inédito en español, confronta la realidad a la ficción haciendo de esta un emblema de racionalidad filosófica frente a la causalidad de la historia y la irracionalidad de la experiencia ordinaria y situando a las ficciones de la literatura en un territorio intransigente, siempre enfrentadas a las ficciones de la política y el poder establecido.)
Una sola objeción parcial opondría al discurso de Rancière. Su predilección reiterada por ciertas obras, la restricción de sus análisis a un cine que confirme sus ideas, podría hacer pensar que el filósofo solo busca ilustrar sus tesis y no enriquecerlas con obras menos previsibles y prestigiosas. En definitiva, el lector cómplice de Rancière le agradecería un esfuerzo intelectual para ampliar el radio de sus reflexiones más allá del círculo de confort en que parece instalado su pensamiento. Aunque sea para emitir juicios estéticos negativos con una contundencia que solo algunas entrevistas en revistas especializadas (como Cahiers du Cinéma) permiten entrever. Todos saldríamos ganando. 

jueves, 10 de mayo de 2018

LA COSA



[Publicado en medios de Vocento el martes 8 de mayo]

La cosa es morbosa y las lenguas se disparan. La cosa acosa. La cosa acusa. La cosa encausa. La cosa está en el foco de todas las miradas, aunque solo algunos ojos privilegiados contemplaran las imágenes confusas del vídeo delator. Pero, ¿qué es la cosa?, se preguntan los espectadores más ingenuos. La cosa más antigua del mundo. Expuesta en toda su cosificada desnudez. Mi psiquiatra está eufórica, pensando que su venerado Freud vuelve a la actualidad gracias a este sórdido caso de violencia sexual. Tótem y tabú. La horda machista de violadores sevillanos le provoca malestar. Náuseas viscerales y efervescencia mental. Ha leído la doble sentencia de cabo a rabo, perdón, bocarriba y bocabajo, adoptando la perspectiva de todos los protagonistas, desde el hatajo abyecto y el triste trío de magistrados a la chavala expiatoria. Y no ve motivos de regocijo en las imputaciones. Solo siente un asco profundo.
Mi psiquiatra ya no se pregunta, como su maestro, qué quieren las mujeres, eso no es un misterio para nadie, sino qué carajo quieren los hombres. Es el gran enigma de este tiempo posfeminista. El seso y el sexo, la comezón de la cosa. Por qué les gusta humillar a las mujeres, qué buscan con estos actos repulsivos y, sobre todo, qué goce extraen de ellos. Qué cosas asquerosas rondan por sus cerebros antes, durante y después de cometer el crimen. ¿Afirmación regresiva de masculinidad? ¿Disfrute mutuo de sus órganos pletóricos? Por qué no. A cinco todo es más fácil. Menos peligroso. Revisando vídeos y fotografías, es obvio que los catetos del quinteto abusador se desean entre sí. La cosa se excita con bailes insinuantes y bultos genitales. El “slip” ceñido del colega pone más que el “top” de la chica aventurera. Ella es la excusa para consumar ese atavismo vicioso con impunidad. La anatomía es un destino, decía Freud, y la penalización del pene agresor de los energúmenos no es un desatino.
Estos tíos bravíos no tienen testículos para asumir su condición homosexual. Es el secreto patológico de todos sus excesos. Y esto no lo vio el juez singular, escudriñando el vídeo amateur en plan fanático como si fuera un espectáculo porno. Ni lo han visto ciertos columnistas polémicos, convencidos de que la infamia es algo fáctico. Hechos y desechos obscenos. Campechanía de la opinión. Así es imposible distinguir entre el desmadre sanferminero y la transgresión enfermiza. La separación de poderes no es sacrosanta y puede ser violada en nombre de la ética y la política. Si el juicio del jurista está trastornado como la psique de los violadores, el orden jurídico falla. A muchos colegas les importa más la defensa del gremio que garantizar derechos democráticos. Contra la violencia anacrónica de la cosa, sentencia mi psiquiatra, los poderes deben actuar unidos. Por el bien común.

martes, 8 de mayo de 2018

MATAR LA BELLEZA


La maravillosa adaptación al cine de William Wyler y, en especial, la secuencia en que Miranda golpea en la cabeza a Frederick con la pala, traicionando a la vez su confianza y la fidelidad al original literario, es, con solo tres años, el primero y quizá más terrible de mis recuerdos cinematográficos…

[John Fowles, El coleccionista, Sexto Piso, trad.: Andrés Barba, 2018, págs. 296]

¿Por qué tendríamos que tolerar su brutal calibanismo? ¿Por qué todas las personas buenas y creativas han de ser martirizadas por la enorme y viscosa mediocridad universal que las rodea?

-John Fowles-

Los criminales suelen tener antecedentes. Solo los criminales literarios tienen, además, prestigiosos ascendientes. En el caso de Frederick Clegg, el psicópata sentimental de esta magnífica novela de John Fowles (1926-2005), esos precursores perversos se remontan, en primer lugar, al celoso Marcel de La prisionera, quinto volumen de la saga novelesca del “Tiempo perdido” de Proust consagrado al tiempo muerto durante el cual el narrador paranoico encierra en una habitación a su amada Albertine para evitar que prosiga con su carrera frenética de tríbada falsaria. El segundo es Humbert Humbert, el pedófilo perseguidor de nínfulas en Lolita. Nabokov es uno de los cómplices seminales de cualquier aventura narrativa del último medio siglo y, sin embargo, resulta irónico que Fowles atribuya a Clegg uno de los rasgos personales más carismáticos de Nabokov, la afición a cazar mariposas, es decir, atrapar al vuelo criaturas efímeras que simbolizan la belleza plástica de la vida y encerrarlas ya muertas en cajas de cristal para su contemplación privada. Ese atributo compartido indica la inteligencia novelística de Fowles al combinar metáforas cultas y detalles reales en el sofisticado diseño de esta historia sobre un joven funcionario que se hace rico de repente jugando a la lotería y decide secuestrar y recluir en el sótano de su mansión campestre a una preciosa estudiante de Bellas Artes (Miranda Grey) de la que este avatar inofensivo de Norman Bates, a pesar de sus ínfulas estéticas, su procedencia burguesa y sus confusos anhelos vitales, declara estar locamente enamorado.
Desde El coleccionista (1963), su deslumbrante debut, Fowles concibe el espacio novelesco como el lugar de ficción donde los contrarios se encuentran y las contradicciones se enfrentan, donde la trama narrativa no anula la pluralidad de perspectivas y posiciones de la vida sino que se nutre de su choque y de su fricción paradójica (lo masculino y lo femenino, lo refinado y lo bruto, la inteligencia y la necedad, la belleza y la fealdad, el esnobismo y el filisteísmo, la disciplina del arte y la negligencia de la vida, la violencia y la compasión, el amor y el odio, etc.). En El coleccionista, a partir de la terrible situación de partida, la teatralización dialéctica se extiende a todos los ámbitos imaginables, con la clase, el intelecto, la cultura y el sexo como signos principales del conflicto moral entre Miranda y “Calibán” (apodo despectivo con que ella se refiere a su secuestrador en el diario que mantiene durante su encierro y de cuyo estilo el epígrafe de este post es una muestra elocuente), disputándose ambos incluso la primacía en la voz narrativa y el punto de vista sobre los acontecimientos a todo lo largo de la trama, como en una versión modernizada del sarcástico Diario de Adán y Eva de Mark Twain.
En este sentido, no es casual que La tempestad sea otro de los referentes simbólicos determinantes en esta novela de Fowles. Durante el tiempo en que la estaba escribiendo ya había comenzado su obra maestra definitiva (El mago), donde la magia escénica y los hechizos teatrales de la obra postrera de Shakespeare se transmitían por ósmosis literaria al ilusionismo y los artificios narrativos de Fowles. En El coleccionista, el episodio violento del rapto de la homónima hija de Próspero por el deforme Calibán sirve de metáfora dramática para expresar el antagonismo esencial y la relación imposible que se establece entre la secuestrada Miranda, jovencísima princesa de la vida artística londinense, y su impotente carcelero, el nuevo rico provinciano “Ferdinand-Calibán” (fusión nominal del principesco pretendiente y el patoso patán).
Con el paso de las décadas, sin embargo, cabría entender esta compleja novela como una alegoría cultural sobre el triunfo histórico de la horda de Calibán, imponiendo a la minoría selecta representada por Miranda el gusto vulgar de la masa. Pero Fowles es demasiado irónico y, por tanto, prefiero reprimir la tentación de interpretar su polisémico artefacto en este sentido sesgado. Como retrato en miniatura de una época de mutaciones incipientes y de unos personajes prisioneros de los dilemas ideológicos y existenciales más acendrados de la misma, El coleccionista es una novela magistral.

viernes, 4 de mayo de 2018

MONSTRUOSA VIDA



 [Jeff VanderMeer, Aniquilación, Booket, trad.: Isabel Margelí, 2018, págs. 237]
           

¡Oh dicha, oh felicidad! He visto nacer la vida y comenzar el movimiento. Tan fuertemente late la sangre de mis venas que va a romperlas. Ansío volar, nadar, ladrar, mugir, aullar. Quisiera tener alas, un caparazón, una corteza, exhalar humo, tener una trompa, retorcer mi cuerpo, esparcirme por todas partes, estar en todo, difundirme con los perfumes, desarrollarme como las plantas, fluir como el agua, vibrar como el sonido, brillar como la luz, acurrucarme bajo todas las formas, penetrar en cada átomo, bajar hasta el fondo de la materia, ¡ser la materia!

-Gustave Flaubert, La tentación de San Antonio-

Pensemos en ello como una espina, tan enorme que se clava bien hondo en el costado del mundo. Inyectándose al mundo. Y de dicha espina gigante emana una necesidad incesante, quizá automática, de asimilar e imitar. Asimilador y asimilado interactúan a través del catalizador de una escritura, unas palabras que alimentan el motor de la transformación. Tal vez sea una criatura que vive en perfecta simbiosis con multitud de otras criaturas. Tal vez sea “tan sólo” una máquina. Pero en todo caso, si posee inteligencia, es muy distinta a la nuestra. Crea, a partir de nuestro ecosistema, un nuevo mundo, cuyos procesos y objetivos son en extremo ajenos; un mundo que funciona mediante actos supremos de reflejo y manteniéndose oculto de muchas otras maneras, todo ello sin renunciar a los fundamentos de su “otredad” al convertirse en aquello que encuentra.

-Jeff VanderMeer, Aniquilación-


Desde fines del siglo pasado y a todo lo largo del siglo XXI hemos visto brotar del suelo de la cultura, como hongos de textura rugosa, una forma de escritura literaria nueva. O un nuevo género, como también se podría definir al “New Weird”, con ramificaciones reconocidas en todo el mundo. Esta innovadora literatura de lo extraño, o nueva ficción extraña, no era nueva en el sentido histórico, ya que heredaba muchos recursos de la fantasía, el terror y la ciencia-ficción de épocas anteriores, sino una fecunda renovación del lenguaje narrativo a la luz de los avances y descubrimientos más sorprendentes de la ciencia y los desarrollos de una cultura donde la diferencia entre fantasía e imaginación había sido abolida.
Jeff VanderMeer es uno de sus principales representantes norteamericanos y “Aniquilación” es la entrega iniciática de la trilogía “Southern Reach”. Su inventiva y originalidad como ficción fueron reconocidas con el prestigioso Premio Nébula en 2014. Su reciente adaptación al cine por Alex Garland la ha devuelto a la actualidad, convirtiendo a esta saga fabulosa en un fenómeno mediático que choca con los gustos adocenados del público y la crítica. En las dos secuelas (“Autoridad” y “Aceptación”), se resuelven los misterios e interrogantes suscitados por “Aniquilación” y se descubren detrás de la trama las maquinaciones de una poderosa agencia corporativa, cuya intención es someter a control y explotación capitalista las inefables maravillas del Área X.


En la fascinante “Aniquilación” se narra la duodécima expedición científica a esta zona inusitada del mapa de la realidad (con resonancias del “Stalker” de Tarkovski basado en el “Pícnic extraterrestre” de los Strugatski). El Área X es una aberración surgida en el paisaje de la costa noroccidental americana por causas desconocidas. Un ecosistema expansivo donde las leyes naturales han sido radicalmente alteradas y reconfiguradas. Un mundo nuevo donde rige la anomalía como principio biológico. Las expediciones anteriores fracasaron en su tentativa de explorar y cartografiar el enigmático territorio, aunque algunos de sus miembros regresaron para contarlo. Esta última misión imposible está integrada por un cuarteto de mujeres anónimas y antagónicas: una psicóloga, una antropóloga, una topógrafa y una bióloga, narradora y protagonista de la aventura, que se enfrentan entre ellas con violencia mientras afrontan la extrañeza absoluta que las aguarda en esa región habitada por múltiples monstruos y prodigios.
Cuando llega el espeluznante desenlace y la bióloga se enfrenta al fin, cuerpo a cuerpo, al misterioso morador del Túnel que la obsesiona, uno piensa en Lovecraft y sus truculentos relatos sobre visiones y revelaciones de monstruos abominables. Pero VanderMeer es un Lovecraft del siglo XXI: un escritor especulativo que observa la realidad a través del microscopio de las teorías científicas que han revolucionado la visión humana de lo que es la vida como proceso innovador en movimiento y cambio permanentes. En este sentido, VanderMeer es un Lovecraft de su tiempo, un fabulador consciente de vivir en el Antropoceno: ese período en que la naturaleza ha sido humanizada por su contacto promiscuo con los productos y subproductos de la vida humana, pero también en que la humanidad se expone como nunca a las fuerzas biológicas y geológicas que ha liberado su acción incontrolada.


Esta inquietante novela se sitúa así bajo el signo de la metamorfosis. Todas las criaturas que pueblan el Área X participan de los atributos genéticos de especies heterogéneas y se multiplican con fantástica facilidad. Por esto la bióloga confiesa su fascinación total por los secretos de la nueva vida surgida aquí como un desafío a la inteligencia. “No voy a volver a casa”, dice la línea final de su narración. O lo que es lo mismo: tras descubrir la monstruosa belleza de la vida desde una perspectiva inhumana quizá no encuentre otra respuesta que sumergirse en ella todo lo posible. Hasta el fondo de la materia viva y su infinita plasticidad, como el San Antonio de Flaubert[*].


[*] La última novela de VanderMeer (Borne, 2017; editada aquí por Colmena Ediciones) lleva hasta los límites de lo insospechado, con prodigiosa imaginación, esta visión fantástica de la materia y convierte a su autor en el gran fabulador del final del Antropoceno y el comienzo de una nueva era aún innombrable.